pintura

José

Guerrero

Granada, 1914 - Barcelona, 1991

Rojo oscuro

Óleo sobre papel

49 x 65 cm

1984

José Guerrero es uno de los artistas andaluces de más prestigio internacional de la segunda mitad del siglo XX. Aunque nace en 1914 en Granada, su formación y primeros años de producción figurativa transcurren en Madrid, Londres, Roma y París, lugares a los que se desplaza becado entre los años 1948 y 1949 gracias al gran talento que poseía.

Su marcha a Estados Unidos en 1950, responde a la búsqueda del escenario donde el arte moderno tiene lugar. Durante su estancia en Norteamérica, en primer lugar se instala en Filadelfia, pero será en Nueva York donde su prestigio alcance cotas insuperables, y también donde entre en contacto con destacadas figuras del panorama artístico del momento, como los artistas Rothko, Motherwell o Kline, Clifford Still o Barnett Newman, el director del Museo Guggenheim o la galerista Betty Parsons, quien además de hacerle su primera exposición individual en Nueva York, lo incorpora como artista habitual de su galería.

Desde su llegada a Nostreamérica, su obra da el paso decisivo a la abstracción, un cambio con el que le llega el reconocimiento, y pasa a formar parte del movimiento de la pintura de campos de color – Color Field Paintings-. Su pintura se caracteriza por el intenso cromatismo, el discurso simplista pero la forma tremendamente efectista que presenta, la vitalidad y la fuerza.

Con gran reconocimiento y obras en los más destacados museos del mundo, José Guerrero, volvería a España en 1965 donde impulsa la creación y desarrollo del museo de Arte Abstracto de Cuenca, un proyecto en el que participa activamente. Ya de forma póstuma, se levantará en Granada, su ciudad natal un Centro de Arte en su nombre.

Fue un referente para los artistas andaluces de los años 70, un buscador incansable de la modernidad y un representante del amor a la pintura por la propia pintura. España y Granada aparecen como asunto en su trabajo en los años previos a su regreso hacia 1964. En 1969 inicia una nueva etapa cuyo punto de inflexión es la serie Fosforescencias, y posteriormente, se centra en la mancha de color como reflejo de su idea del cuadro como arquitectura mural, un concepto que pervivirá en su producción hasta la década de los 90, cuando fallece.

La obra que tenemos en esta colección es un ejemplo certero de la producción de este artista. Aunque es de su último periodo, guarda relación con la obra de dos décadas anteriores y pervive el interés en el color puro, el sentido narrativo y su gran expresividad.

Patricia Bueno del Río
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