DIEGO RUIZ CORTÉS
La Puebla de Cazalla (Sevilla) 1930 – Sevilla, 2009

Pintor de formación autodidacta, su temprana afición por el dibujo y los contactos estivales de su juventud con Francisco Moreno Galván, determinaron pronto su vocación artística. Animado por éste, se formó en la Escuela de Artes y Oficios Sevilla, y posteriormente, en la Escuela Superior de Bellas Artes Santa Isabel de Hungría (1951-55).

Desde estos comienzos, Diego Ruiz Cortés fue un autor poco permeable a influencias externas, observándose ya en sus primeras obras, pese a su formación académica, una tendencia a la búsqueda de formas propias. Eso define las pinturas de corte postimpresionista de su primera etapa, paradójicamente más próxima a la pintura vasca que a la mediterránea, por su oscuridad, sus tonos apagados, sus marcados contornos, sus formas esquemáticas. En esa línea están sus primeros retratos y paisajes, acaso como premonición de que su búsqueda no apuntaba a la luz, sino al color y a la depuración de la forma. Fue así alejándose paulatinamente de lo figurativo, persiguiendo la síntesis formal desde una investigación tenaz y un incesante proceso reflexivo sobre el devenir de su pintura. En ese recorrido, fueron decisivas su pertenencia al Club de La Rábida, de donde surgió la denominada “Joven Escuela Sevilla”, y su ejercicio docente como profesor de Dibujo Técnico desde 1969 en el Instituto Virgen de Valme, de Dos Hermanas, pues desde ahí, empezó a construir a través de un dibujo riguroso toda una arquitectura del color, arribando finalmente a la geometría, que pasaría a protagonizar buena parte de su obra. No obstante, antes de llegar ahí, Diego Ruiz Cortés realizó interesantes incursiones en corrientes como el Op Art, en los años 70, siempre buscando modos propios y trabajando con una disciplina matemática, que marcó su personal proceso de maduración hasta encontrar su propio lenguaje. Finalmente, su itinerario desembocó en la pintura geométrica, que se convirtió en el punto concluyente de su indagación pictórica. Amplias masas de color, espacios planos, formas puras y severos cortes lineales pasaron a caracterizar su pintura a partir de los años 90 y durante la primera década del siglo XXI, situándose ahí probablemente su mayor legado al arte contemporáneo. Así lo reconocieron sus compañeros de generación, entre quienes era respetado por la perseverante y silenciosa investigación que había venido desarrollando a lo largo de su vida y que en su madurez alcanzó los ansiados frutos, una pintura pura, dominada por la geometría y el color.

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